2012-04-11 ALGARVE

Paseo matutino por Praia da Rocha, previo, incluso, al desayuno. Opíparo por cierto.

Traslado en coche hasta Odeceixe, extremo noroeste de Algarbe, junto al río Seixe cuya desembocadura forma una bella playa

 otrora (u otrodía) albergue de numerosos hippies, de los que hoy sólo queda una ridícula representación.

En el pueblo, numerosos restaurantillos con productos típicos de la tierra que en este caso es el mar, tales como percebes y otros.

Ante semejante situación, no tenemos otra que parar en uno de ellos para hacer un pequeño amaiketako consistente en un kilete de percebes (25 €), más bien pezqueñines, pero ricos, unas coquinas, queso y vino blanco para ayudar a pasar todo ello.

De aquí, con objeto de hacer un poco de tiempo para la comida (que finalmente nos saltamos) nos dirijimos a Aljezur, fuertemente recomendado por Santi. Pueblecito de blancas casitas elegantemente apoyadas en la ladera de la montaña. Puente que de haber sido medeval hubiera tenido cierto interés y fuertes cuestas sobre las que, a lo bestia, se colocan las blancas casitas y nada más.

De aquí a Arrifana con su playita y su canesú donde además de comprobar que hay

 numerosos surfers y que los acantilados son de singular belleza, nos tomamos una cerveza (los más borrachuzos) y una coca-cola o una tónica o, incluso, nada, otros/otras.  Para que nadie se sienta falto de representación.

Por fin accedemos a Garrapteira (o Carrapateira) que como su nombre indica es un lugar donde una duna, una carretera circunvalante y unos miradores sobre impresionantes acantilados a poco provocan un conflicto internacional que finalmente queda en nada.

Tanto los acantilados como el paisaje, típico de la zona con sus plantas rastreras y flores de diversos tipos y colores entre las rocas y sobre el arenoso suelo (pedregoso total en otros puntos) son de una gran belleza.

El recorrido queda bruscamente cortado para dar paso a la duna y tras un breve recorrido por los aledaños de la misma, reanudamos el viaje para dirigirnos a Sagres donde la fortaleza cerrando el paso a la punta más sureña, no permite ver nada de interés, salvo el cabo San Vicente en la cercana lejanía.

Esperando que esta visita sea más satisfactoria, allá nos dirigimos para comprobar que tampoco se puede ver gran cosa, salvo el faro y los acantilados, cortados a pico, de gran altura, pero mucho menos espectaculares u los vistos hasta ahora.

El tiempo se ha vuelto nubloso, de forma que tampoco se puede contemplar un anochecer comme il faut, de forma que nos vamos para casita.

Cena en el restaurante de la primera noche, debajo de casa (Vinho y Comida se llama), y aprovechando que tiene wifi, ponemos medio al día el correo y cenamos cumplidamente esta vez con tintorro bastante rico.

El precio es más o menos como siempre, alrededor de los 60 € para los cuatro.

Y asín se acaba este día del Señor del mes de abril del año 2012 de esta cristiana era, numerado como el undécimo.

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