2015-10-19 A CHICAGO VOY

Visto lo visto, o sea, visto lo que se puede ver, nos toca abandonar la parte de naturaleza para dedicarnos como posesos a la parte urbana.

Tras desayunar en el “coqueto” comedor del hotel y cargar el equipaje en nuestro flamante coche, partimos alegres y confiados hacia Las Vegas donde deberemos tomar sendos vuelos que nos llevarán a Chicago.

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A los pocos kilómetros, millas en realidad, nos percatamos de que ayer dejamos el depósito de gasolina temblando.

La duda es si llegaremos hasta la próxima gasolinera, que por el aspecto del paisaje, puede estar a varios miles de millas.

Trasteando en los mandos descubrimos que hay una posición que indica las millas por galón en las condiciones actuales y en el libro de instrucciones dice que la luz de reserva, que se acaba de encender, lo hace cuando quedan 1,7 galones y en las condiciones actuales nos quedan más millas que galones tenía Franco.

Continuamos viaje, porque, entre otras cosas, no hay forma dar la vuelta en la autopista esperando que tarde o temprano, mejor temprano que tarde, aparezca una gasolinera.

Pero ni por esas. No hay manera. Las millas se van consumiendo y la gasolina también.

Además de la luz de la reserva, la última rayita que indica lo que queda de gasolina se apaga.

La situación se va haciendo un tanto desesperada.

Encima la carretera toma la dirección ascendente de subida a un puertecillo. Largo. Muy largo. Apagamos el aire acondicionado para ahorrar. Apagamos la radio para ahorrar. Reducimos la velocidad para ahorrar. Rezamos un rosario, no para ahorrar sino para que no se acabe la gasolina.

Ni rastro de gasolinera.

La sensación del pobre hombre abandonado en mitad del desierto con una pequeñísima cantimplora de agua y que nunca llega a un esperado oasis se reproduce en nuestras propias carnes.

El puerto nunca se acaba. La gasolina sí.

Finalmente vislumbramos la cumbre. Un último esfuerzo y la alcanzamos.

El descenso se hace en caída libre. Al principio la pendiente es suficiente para mantener una velocidad bastante honorable sin que haya consumo de gasolina.

Pero cuando se va llegando a la zona más baja, la pendiente se reduce y también la velocidad (el acelerador no lo toco ni así me aspen). Los que vienen detrás se acuerdan de los allegados de uno.

La velocidad sigue disminuyendo proporcionalmente a la pendiente.

La gasolina se mantiene casi constante. ¿Llegaremos?

Por fin, al final de la pendiente se vislumbra un poste con algo amarillo encima. La velocidad sigue disminuyendo estrepitosamente.

Lo amarillo resulta ser una concha. Nunca una concha (shell en inglés) fuera tan bien recibida.

Al fin nuestras oraciones han sido escuchadas y llegamos  la entrada de la bendita gasolinera. Últimos metros. Conectamos el aire acondicionado. Ponemos la radio. Un fuerte acelerón y parada en el surtidor.

5 $ al depósito y hacia el aeropuerto McCarran en alegre biribilketa, con la satisfacción del deber cumplido y de que a Hertz no le vamos a regalar más que unos 2 ó 3 litrillos de gasolina. ¿Habríamos llegado sin repostar? ¡Ah, la duda, siempre la duda!

Resumiendo: dejamos el coche, y cada uno a su terminal. Yo salgo media hora antes que Mari Luz y me llevo la maleta facturable.

Nueva sorpresa. Al facturar me entero de que mi vuelo tiene un retraso previsto de al menos dos horas. Luego son dos y media.

Larga espera en el aeropuerto de Las Vegas.

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En fin, vuelo agitadillo (y retrasado) en varios momentos y sobre todo en el emocionante aterrizaje en Chicago, donde M. Luz lleva un buen rato de espera.

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Puerta de desembarque a la máxima distancia posible de la cinta de recogida de maletas.

Taxi comunitario hacia el hotel (el nuestro el último) y finalmente, tras chequear en el hotel y dejar las maletas, salimos a cenar a un sitio que está muy cerca del hotel y conocido de M. Luz. Pero, ¡oh sorpresa!, son más de las 21:00 y la cocina está ya cerrada.

Regreso al hotel y ¡oh, menos sorpresa! el restaurante está ya cerrado.

En recepción nos recomiendan ir a uno llamado The Scout, también cerca y por fin podemos cenar y tomar una o dos cervezas. El menú no es muy diferente (o sea, igual) que todos los demás, pero hay ambiente, o sea ruido y muchas televisiones por todas las paredes y no cierran hasta las 2 ó 3 de la mañana.

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Regreso al hotel y ¡oh, sorpresa!, no está cerrado ni nada.

Y a dormir, que ya va siendo hora.

Esta entrada fue publicada en MIS VIAJES, USA 2015. Guarda el enlace permanente.

2 respuestas a 2015-10-19 A CHICAGO VOY

  1. Eva dijo:

    Jajjajajaja….teníais q haber arriesgado un poquito más con la gasolina ;’)

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  2. Elena dijo:

    😂😂😂, cómo lo pasáis!!!

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