2016-09-09 A SANTANDER CON FEVE

Hace tiempo que tenía la sana intención de hacer un viaje a Santander utilizando el maravilloso ferrocarril de FEVE que une Bilbao con la capital cántabra y héteme aquí que por diversas circunstancias que no vienen al caso, el día ha llegado.

En primer lugar debo decir que el horario es bastante adecuado en el concepto “Salidas” aunque si tenemos en cuenta el concepto “Llegadas” y hacemos la correspondiente sustracción nos daremos cuenta de que el viaje tiene una duración que nada tiene que envidiar a la que conseguían las diligencias de antes de que se inventara la máquina de vapor.

En resumen, que la duración del viaje es de tres horas tres. Y no lo digo emulando a los carteles taurinos, sino que quiero decir que son tres horas de ida y otras tres horas de vuelta. Más los correspondientes retrasos que, todo sea dicho, no fueron excesivos. Once minutillos a la ida y unos 15 a la vuelta.

La hora de salida de la estación de la Concordia en Bilbao es las 8 en punto de la mañana, lo que para un ciudadano que pernocta habitualmente en el municipio de Leioa y que pretende utilizar el metro para llegar hasta las proximidades de la estación de salida, habiendo previamente realizado las correspondientes abluciones matinales, adecentado ligeramente la habitación dormitorio (hacer la cama que se llama), realizado un frugal desayuno, vestirse y peinarse adecuadamente al evento que se avecina, significa levantarse, a medio despertar, a unas horas bastante intempestivas. Pero el evento lo merecía.

Previendo que a la vuelta me daría una enorme pereza recorrer la breve, pero no tanto, distancia entre la estación de metro más próxima y mi casa, decido ir en coche hasta el metro para así disponer de un medio cómodo de locomoción a las tardías horas en que habré de regresar.

Aquí surge una duda sobre dónde dejar el coche ya que la primera y más lógica opción, el parking de la estación de Leioa, puede ser una trampa si al regreso se produce un retraso que me impide recogerlo en el mismo día, lo que puede significar un costo absolutamente disparatado.

Luego (demasiado tarde) me doy cuenta de que, siendo viernes, esta posibilidad no tiene cabida. Pero tampoco estoy seguro de cómo estaría de lleno a esas horas un día laborable en que los honrados trabajadores madrugan, no sólo un día, sino cinco días a la semana al menos para mantener en marcha el país y generar la riqueza necesaria para mantener nuestras pensiones. Claro que, luego, visto cómo iba de lleno el metro, piensa uno que así no pueden durar mucho…, pero este no es el tema.

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Dejo el coche en Lamiako y cojo el metro hasta Abando, llegando a la estación de la Concordia con tiempo sobrado. Taquilla cerrada y varias máquinas expendedoras de billetes.

Intento sacar el billete de ida y vuelta (te ahorras 17,80 € por dos billetes independientes para ida uno y vuelta el otro – 16,55 € por uno único de ida y vuelta = 1,25 €, que no está nada mal), pero héteme aquí que las máquinas no aceptan tarjetas de crédito y sólo dispongo (uno que es de Bilbao, aunque viva en Leioa) de billetes de 50 €, nuevecitos, eso sí, pero que sistemáticamente me son rechazados en unas y otras máquinas.

En estas pruebas entretenido, observo que una señora se acerca a la puerta del habitáculo que hace las funciones de taquilla y, como agudo observador de la realidad cotidiana, deduzco que pudiera ser la taquillera (como efectivamente sucedió) y tras un breve saludo le espeto a bocajarro:

– ¿No se puede usar tarjeta de crédito en las máquinas?

– Ni en las máquinas ni aquí. (Dando a entender con el “aquí” la propia taquilla de     expedición manual de billetes).

– Tampoco me admite los billetes de 50.

– Es que depende del importe.

– Pues en las máquinas pone que admite billetes de 50… (esto último bajando ostensiblemente la voz para evitar cabrear a la señora que no trae muy buena cara y que si le toco las narices a lo peor tampoco ella me acepta mis flamantes billetes).

Abierta la ventanilla y solicitado el billete, me lo facilita contra la entrega del famoso billete. El de 50. Me facilita el billete y los correspondientes cambios.

Como me sobra tiempo, me tomo un café en el bar de la estación y decido hacer una visita a Roca pensando en que la duración del viaje puede ser un cierto problema si no dispone de un servicio adecuado para realizar con cierta discreción algunas actividades que sólo deben ser realizadas en la más estricta intimidad.

El WC del bar está cerrado y hay que pedir la llave en la barra, pero en la propia estación también hay servicios, para cuyo uso es preciso disponer de billete, ya que se encuentran al otro lado de las máquinas que te dan paso contra la presentación (en realidad introducción en ranura ad-hoc) del citado documento y como yo lo poseo y pienso que siempre estarán más en consonancia con la mínima higiene exigible en un servicio público, decido utilizar estos.

El lugar está bastante deteriorado por el uso y falta de cuidados de mantenimiento, aunque no está en malas condiciones higiénicas. Sólo faltaría a esas horas en que seré el primero en acudir a ellos.

Es cierto que la taza carece de cualquiera de las dos tapas que suelen disponer este tipo de asientos, ni la propiamente así llamada porque es una tapa que tapa, como la, no sé si impropiamente llamada tapa, que no tapa más que el frío borde de la denominada taza.

Y una advertencia si tienes necesidad de utilizar este elemento. Una vez sentado y habiendo cumplido con la función correspondiente, es costumbre utilizar unos trozos de papel para la higiénica función. Y no falta, no. Pero el almacenamiento, es de tipo industrial, de esos que son muy cerrados (para que nadie se enriquezca a base robar rollos), salvo por una ranura en la parte inferior y que alojan un rollo de diámetro también industrial y cuyo peso, unido al hecho de que se trata de un papel ciertamente sutil y delicado, impiden que el rollo gire con la simple tracción de la punta del papel, produciéndose antes la rotura de una ínfima partícula del mismo, lo que obliga a la utilización de ambas manos, para con una tirar suavemente del papel y con la otra ayudar a girar el monumental rollo.

Y no sería un grave problema, salvo por el hecho de que la taza está situada en una esquina del habitáculo (con perdón, pero nunca mejor dicho) de forma que a tu izquierda, desde la posición de sentado de manera normal y muy próxima, se encuentra la pared. Y entre tu posición y dicha pared, adosado a la que queda a tu espalda, prácticamente detrás de tu hombro izquierdo, se encuentra el expendedor de papel. Sentado no te puedes girar hacia la izquierda porque tus rodillas pegan con la pared… En fin, que todos los problemas sean como este…

Resuelto el acertijo brillantemente, cada uno que se imagine lo que quiera, procedo a descubrir que las instalaciones carecen de jabón, Tras un meticuloso lavado con agua, que eso sí que hay, me introduzco (puerta abierta y evidente ausencia de personal) en el reservado a las señoras, pero tampoco ellas usan jabón. Qué se va a hacer.

Accedo a los andenes, llega nuestro lujoso tren (que sí dispone de WC, cuyo uso para caballeros en su versión de micción, sólo es recomendable en las estaciones por razón del traqueteo, realmente concienzudo) que puntualmente inicia su recorrido.

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Ciento noventa y un minutos y treinta paradas después llegaremos a nuestro cántabro destino.

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El viaje en sí resulta francamente aburrido. El tren transcurre durante una grandísima parte de su recorrido entre frondosa vegetación a la que pasa casi rozando y que impide poder disfrutar del paisaje, salvo algunos cortos momentos.


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Y treinta paradas son muchas paradas. Hasta para la pantalla que indica cuál será la siguiente que se mantiene veraz en las veintitantas primeras, pero que al final tampoco se aclara. Menos mal que Santander es final de trayecto.

Tampoco el audio que lo indica es muy fiable al final, aunque creo recordar que se mantiene fiel a la señalizada en pantalla. ¿O se enmudece en determinado momento? No recuerdo.

Eso sí, al de poco de salir de Bilbao paramos en Sorrocha.

En Aranguren tenemos que esperar a un mercancías, cosa que nos comunica personalmente el pica.

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En la estación de Traslaviña nos cruzamos (o adelantamos, que estaba parado y no sé si iba o venía) con el Transcantábrico (el timo de la estampita me malicio) donde la gente se ve desayunando a través de las ventanillas. Se ve a través de las ventanillas, no que desayunen de tan bizarra forma.

De mi estancia en Santander, que no es de este negociado, sólo decir que hizo muy buen día.

Y a la hora señalada, con tiempo para evitar sorpresas, a la estación para coger el tren que sale a las 19:00.

Como me espera un largo viaje y el móvil está prácticamente sin batería voy con intención de comprar alguna revista en la estación, pero con desesperación descubro que en la estación de Santander hay tienda de chuches, cafetería, tienda de regalos, alquiler de coches y hasta retretes en la zona pública, amén de máquinas de expedición de billetes (no sé si cogen tarjeta y/o billetes gordos), pero no tiene un mal quiosco de periódicos y revistas. Pregunto en la tienda de chuches y no saben darme razón de dónde podría, sin tener que alejarme demasiado, encontrar una revistilla, en vista de lo cual, hago uso de mi billete y entro en la zona de pasajeros acreditados.

Hay un pequeño hall que ocupa todo el ancho de las vías que mueren aquí y como de unos 4 m de fondo hasta la pared donde se encuentran los accesos a los andenes con unos pocos bancos de cara a la misma y desde donde se ven los trenes y las pantallas anunciadoras de salidas y llegadas. En los andenes no hay el más mínimo mobiliario, salvo una máquina de bebidas. Ni un mal banco. Es bastante entretenido comprobar cómo las salidas parece que se anuncian correctamente, las llegadas resultan bastante caóticas, ya que llegan trenes que no se anuncian y otros que se anuncian, aparentemente no llegan. Al menos a la hora y la vía indicadas. Que por cierto, la numeración de vías es un tanto curiosa ya que puede ser algo así como 9 – 7 – 4 – 1 – 2 – 6 o algo parecido.

Finalmente anuncian la salida del de Bilbao, al que acudo alegre y confiado, para descubrir para mi horror que en este caso no hay WC y el de la estación, el único, está en la zona pública como ya dije y si vuelvo a salir, pierdo el billete pues ya está cancelado. Esperemos que podamos aguantar las tres horas y… del viaje.

Ciertamente este tren es bastante más cutre que el de esta mañana y el viaje igual pero al revés, con parada larga en Aranguren por la espera de otro que venía de Bilbao, lo que permite al maquinista bajarse a hacer sus necesidades, a saber dónde, porque tras su infructuoso intento, me doy cuenta de que el WC de la estación está cerrado a cal y canto.

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En este caso la pantalla que indica la hora y la temperatura exterior funciona muy bien, aunque debería indicar el nombre dela siguiente parada, cosa que hace en aproximadamente cuatro de las treinta estaciones, ignorando las demás. Menos mal que sí funciona el aviso sonoro, donde, tras cada parada, se escucha malamente una voz masculina que dice “próxima parada”, para a continuación una levísima voz femenina dice algo que justamente permite saber que se trata de una voz femenina, si el ruido propio la unidad ferroviaria no lo tapa totalmente.

El retraso en la llegada es de 14 minutos, pero sin mayor novedad.

En fin. Una experiencia sin mayor interés.

José Luis: si lees esto, que sepas que te he ahorrado un auténtico coñazo.

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6 respuestas a 2016-09-09 A SANTANDER CON FEVE

  1. La próxima a León, con La Robla.
    Lo hizo hace unos años este machote, y sobrevive.

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  2. Eva dijo:

    Jajajaja…como te lo pasas. Yo también tengo pendiente un recorrido en tren hasta San Diego (parecida distancia q Bilbao-Santander), q parece un recorrido muy bonito q va por toda la costa, pero después de leer tus aventuras igual lo dejo pendiente :’D

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  3. mariluz dijo:

    Me parece fatal que no comuniques a tus amistades los viajes que planeas para poder compartir contigo una jornada tan agradable y divertida. Me lo he pasado muy bien leyendo el relato y haberlo vivido habría sido mucho mejor. Claro que desde Ayamonte se me habría hecho eterno. Besos, M Luz

    Enviado desde mi iPad

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